Me encontraba allí, quieta, sentada en la cima de aquella
montaña.
Sentía que el aire que respiraba era distinto, puro y
limpio, y me gustaba esa sensación.
Sinceramente, me aterraba adentrarme en
algo que apenas conocía, pero fui valiente.
Por un momento me sentí diminuta, me sentía indefensa e
inexistente, luego lloré de alegría.
Lloré, y grite nombrando a todos los que un día no me
escucharon, y les dije:
‘MIRADME, SOY FELIZ’.
Y aun sabiendo que no me escuchaban, seguí gritando.
Por una vez, había logrado hacerme notar, y era consciente
de que esta, era mi oportunidad para
mostrarle al mundo que soy alguien dispuesta a luchar por lo que ama, y que
estaba dispuesta a darlo todo de mí,
por ti.
Porque a veces no es necesario ser mayor, adulta, o haber
tenido una vida dura para poder decir que has sufrido, o que conoces el dolor.
A veces, tengas la edad que tengas, lo conoces.
Conoces la cara oculta de querer, de amar, y de no
poder. Descubres lo que es sufrir.
Pero yo decidí seguir siendo grande.
Me advirtieron de los peligros que corría al subirme sobre
aquella montaña tan alta, pero estaba dispuesta a ponerme a tu altura, solo por
estar contigo.
Me sentía enorme, aun estando rodeada de montañas inmensamente
grandes, mucho más grandes que yo, y aun sabiendo que nadie me escuchaba desde
ese sitio tan poco común, seguí gritando.
Porque era mi sitio, mi lugar, mi felicidad, mis ideas, mis
errores, mi dolor, mis decisiones.
Y no quería bajarme, había
logrado lo que tanto añoré, por lo que tanto lloré y luché.
Y hoy, gracias a ti, no necesito subirme a ninguna montaña para
sentirme grande, o para poder gritar con el fin de que alguien me escuche. Me
has hecho darme cuenta de que lo imposible, si lo visualizas en tu mente con
fuerza, siempre se convertirá en posible.