Te dibujabas en poemas que
no usaban pincel si no eran tus manos.
Me bebías a sorbos pequeños
para que durara más nuestro rato de paz,
hasta que tu corazón se tornaba
de un color ira, oscuro.
Y cuando usabas de lienzo mi cuerpo
pintabas nuestro futuro,
y me admirabas, como quien descubre
el tesoro más buscado.
Te partías en pedazos sobre mí,
cuando me tocabas.
Y asegurabas con pestillo la
esperanza,
dándole besos de vez en cuando
por si decidiera irse en cualquier
momento a por otra vida en la que
no estuvieras tú,
y no volviera.
Te despedías de mí como si te
fueras para siempre,
y luego volvías.
Yo me sé mil historias para contarte
y que te duermas,
pero he decidido no contar nada
hasta que no me cuentes el secreto
de por qué te amo
y de por qué me matas, (solo teniendo por arma tus palabras)
al no querer dejarme entrar en ese laberinto
que en ocasiones llamas corazón,
y otras simplemente
no lo encuentras en tu pecho,
y no lo llamas.
Que de tantas guerras me conoces
y por tantas victorias nos amamos,
y no te miento cuando te digo
que hasta el más cuerdo
se acordaría de la locura que produce
tu sonrisa,
si la viera.
Y te juro que yo no hubiera
planeado esto de quererte,
hasta que en mitad de tanta guerra
tu ombligo se posó sobre el mío
y pude ver,
que combinaban
perfectamente.